24 mentiras por segundo…

…al servicio de la verdad o la búsqueda de ella

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Foto de perfil con encuadre de mi mejor ángulo

Jean Luc Godard dijo que «el cine es verdad a 24 fotogramas por segundo». Stanley Donen matizo que «el cine son mentiras a 24 fotogramas por segundo». Me quedo con la sentencia de Michael Haneke para el nombre de este blog: «el cine son 24 mentiras por segundo, al servicio de la verdad o de la búsqueda de ella».

Estas notas nacen de un ritual personal: tras ver una película, escribo mis impresiones… solo para descubrir, meses después, que apenas recuerdo su trama. Lo que perdura es otra cosa:

  • Una textura (el sudor en el rostro de un actor bajo luz amarilla).
  • Un movimiento de cámara (ese travelling que acompaña un susurro).
  • Un silencio más elocuente que cualquier diálogo.

Con la ayuda de Letterboxd – mi app brújula contra el olvido – he podido ir registrando las películas que voy viendo para evitar darme cuenta a la mitad del metraje que ya la había visto un par de meses atrás.

Imagino que es la edad, aunque prefiero pensar que es mi forma particular de ver el cine (y las personas, la vida). No me interesa tanto el qué, como el cómo. Me olvidaré de la trama de una película pero permanecerá para siempre en mi memoria dónde puso el director la cámara, cómo la movió, qué colores resaltó, en qué ángulo enfocó a la protagonista, qué música o silencio subrayó la escena para transmitir una determinada emoción. Disfruto del cine con el delirio de creer descifrar lo que nadie ve y la humildad de quien sabe que se pierde lo obvio.

Para valorar una película considero tres factores:

  • Cómo me hizo sentir. ¿Me transformó o solo me entretuvo? Meses después, ¿sigo sintiendo su eco?
  • El interés que tengo sobre la temática.
  • El estilo o técnica cinematográfica del director. Por encima de todo, me interesa el punto de vista subjetivo del director.

Por ejemplo, Andrei Rublev (Andrei Tarkovsky, 1966) – un drama sobre un pintor de iconos religiosos en la Rusia medieval- no es uno de mis temas predilectos; su contexto histórico y religioso lo alejaría de mis intereses habituales y puntuaría poco en el segundo factor. Sin embargo, desde el prólogo con ese plano secuencia hipnótico del vuelo en globo, la película me atrapa con su magnetismo visual y no me libera hasta el clímax desgarrador de la fundición de la campana. Máxima puntuación en el primer y tercer factor.

En el caso de A Complete Unknown (James Mangold, 2024), que aborda los primeros años de Bob Dylan, mi interés por la temática alcanza su punto máximo. Basta un par de versos de cualquiera de sus canciones para conmoverme profundamente. Sin embargo, desde el punto de vista cinematográfico, la película no aporta nada extraordinario a la experiencia de visionado: la técnica no amplifica ni enriquece mi conexión emocional con el material. La dirección impecable pero plana lo reduce a biopic estándar.

No pretendo publicar un blog de crítica cinematográfica gafapasta, ni ser riguroso, ni metódico. Simplemente, pretendo compartir estas notas que reflejan mi forma de ver el cine, un diario de emociones fílmicas, un refugio para lo efímero. Si este blog anima a alguien a ver alguna de las películas de las que hablo me daré por satisfecho pero no digo «mira esta película», sino «mira cómo esta película te mira a ti».