(Joachim Trier, 2025)
Nora Borg: ¿Por qué nuestra infancia no te destrozó a ti? Has conseguido formar una familia. Un hogar.
Agnes Borg: Sí. Hay una gran diferencia en cómo crecimos: yo te tenía a ti. Sé que crees que no sabes cuidar de nadie, pero estuviste ahí para mí. Cuando mamá estaba mal, me lavabas el pelo, me lo peinabas, me llevabas al colegio. Me sentía a salvo.
Las hermanas Nora (Renate Reinsve) y Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas) se reencuentran con su distanciado padre, el carismático Gustav (Stellan Skarsgård), un otrora reconocido director que ofrece a Nora —actriz de teatro— un papel en la que espera sea su película de regreso. Cuando ella lo rechaza, él entrega el papel a una joven estrella de Hollywood, Rachel (Elle Fanning).
Sentimental Value (Affeksjonsverdi, Joachim Trier, 2025) es un puzzle emocional compuesto de escenas que parecen esperar una última pieza. Pero esa pieza no es la que imaginamos.

La película está montada de forma tan desestructurada como la propia familia que retrata. No es un caos evidente, sino una estructura que respira con interrupciones, silencios y desplazamientos. Pero lo más fascinante es el uso del color. Aquí el color no decora: dice. Es subtexto puro.
El azul domina. No tanto como tristeza, sino como distancia afectiva. Aparece en espacios cerrados, en miradas sostenidas, en conversaciones donde nadie termina de decir lo que siente. Es el color de la separación emocional.


El color dorado más como idealización que como color cálido. Afecto proyectado, más que realmente vivido. El recuerdo idealizado que maquilla la herida.

Y menos presente, pero cuando aparece duele: el rojo sinónimo de conflicto, de deseo reprimido.

Y sobre todo, el omnipresente blanco y gris escandinavo: la neutralidad aparente, la emoción amortiguada. Las pinceladas de color rasgan esa estética casi de catálogo Ikea y revelan lo que late debajo.
La casa funciona como un organismo vivo. No es escenario: es biografía. En sus habitaciones nacieron y murieron generaciones que compartieron ruidos, juegos y silencios. Generaciones que, algunas de ellas, ni se conocieron pero que están conectadas por esos ruidos, juegos y silencios. El espacio físico se convierte en extensión del paisaje interior. O tal vez sea al revés: tal vez los lugares que nos moldean en la infancia definan para siempre la forma de nuestra herida.

En Sentimental Value el padre no recupera a sus hijas desde la autoridad ni desde la nostalgia, sino desde algo mucho menos heroico: la fragilidad expuesta. Lo que realmente me fascina de esta película, el mensaje personal y difícilmente transferible es que solo cuando Gustav deja de justificarse y empieza a mostrarse inseguro, torpe, culpable es cuando empieza a conectar con las hijas: la intimidad no nace del diálogo, sino del silencio compartido. Una vez más, el silencio como habitáculo íntimo de complicidades.


Me es imposible ver ninguna película nórdica y no pensar en Ingmar Bergman. Cualquier director escandinavo, irremediablemente, se inspira en o lucha contra la sombra de Bergman. En Sentimental Value, el conflicto no estalla como en Bergman. Se desplaza, se enfría, se esconde en el encuadre. Donde Berman te muestra la verdad desnuda y fría, Trier te insinúa ambigüedad emocional. En Bergman, la vulnerabilidad suele ser devastadora. En Trier, es el único terreno posible para el vínculo.
Al final, no hay abrazo redentor de happy ending. Hay algo más incómodo: el reconocimiento mutuo de la herida. El perdón surge no de un «soy culpable» si no de un «no supe hacerlo mejor». No es una redención absoluta. El padre no se vuelve vulnerable para recuperar a sus hijas. Se vuelve vulnerable porque el tiempo lo alcanza. Entiende que no puede recuperar el tiempo. Las hijas comprenden que él tampoco sabe cómo hacerlo. En esa simetría de fragilidad nace una conexión que no absuelve al padre ni cura a las hijas, pero que es, al fin, real y genuina.
Todos los fotogramas de Affeksjonsverdi (2025), Joachim Trier © Mer Films


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